Pasamos por etapas semejantes a las estaciones

Benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y confianza. Son como árboles plantados junto a la ribera de un río con raíces que se hunden en las aguas. (Jeremías 17:7-8 NTV)

 En el prado que había frente a nuestra casa se erguía un árbol de particular majestuosidad. Un día mi padre me explicó que la copa de aquel árbol era un reflejo de sus raíces subterráneas. Un impedimento en el desarrollo de éstas se habría reflejado en la parte del árbol que era visible.
 Con frecuencia he pensado en el paralelo entre los árboles y nuestra vida. Pasamos por etapas semejantes a las estaciones: tenemos un radiante inicio, como los tiernos brotes de color verde pálido que asoman en la primavera; épocas de florecimiento, como los frondosos y exuberantes árboles que se aprecian en verano; temporadas de esplendor, como el otoño en que las hojas adquieren vistosas tonalidades; y períodos sombríos como el invierno, con la peculiar belleza de las ramas cubiertas de nieve; después de lo cual vuelve la primavera y renace la vida.
 Nosotros también necesitamos raíces invisibles en el ámbito espiritual. Nuestra conexión con Dios es lo que nos nutre y nos ayuda a dar fruto. Él nos alimenta en la temporada de verdor, crecimiento y fructificación; nos ayuda a aceptar la pérdida de hojas en el otoño y nos mantiene con vida en los interminables inviernos para que en primavera echemos milagrosamente brotes nuevos. Cuando tenemos el espíritu firmemente enraizado en Dios, y Él nos sustenta con Su Palabra, las ramas de nuestra vida lo denotan. —Joyce Suttin [1]

 Cuando lleguen las sorpresas como vientos fuertes, turbulentos, las raíces profundas nos sujetan con la verdad de que Dios está en control. —Lysa TerKeurst

[1] Áncora Raíces más profundas

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