Mi cometido es amar
Sobre todo, tengan entre ustedes ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de pecados. (1 Pedro 4:8)
Siempre he sido consciente de que el amor pasa por alto los errores, las insuficiencias, las peculiaridades y las cosas que nos irritan de los demás. Pero este versículo se refiere a un amor que cubre el pecado, no solo algún azaroso olvidé incluir eso en mi agenda o algún amigo que mastica con estridencia, sino al pecado: las cosas que nos hacen daño, que nos separan de Dios, que nos hacen difícil amar o perdonar a los demás, cosas que sabemos que podríamos hacer mejor, pero que no intentamos con mayor esfuerzo.
Este es un concepto difícil de expresar para mí, pues me parece demasiado fácil caer constantemente en un extremo o en el otro, ya sea todo basado en gentileza y misericordia, lo que a veces raya en la transigencia y la aceptación del pecado, o en la verdad pura y dura, que a diferencia de lo que haría Jesús, me lleva a ser áspera y sentenciosa. La realidad es que ambos extremos afectan nuestra utilidad para Dios y nuestra relación con los demás.
El punto medio es uno en el que la verdad puede ser exaltada como es
debido, pero a la vez pueda dispensarse gentileza y misericordia como corresponde. Aunque la Palabra de Dios nos ofrece directrices para la vida —y sin duda puede transformar la vida de alguien—, yo no tengo la capacidad de convertir a nadie en persona recta. No me corresponde esa tarea. Mi cometido es amar, lo cual, según la Palabra de Dios, cubre multitud de pecados —Marie Alvero [1]
Debemos desarrollar y mantener la capacidad de perdonar. Quien carece del poder de perdonar carece del poder de amar. —Martin Luther King Jr.
[1] Conéctate Ese gran amor